(Ariel Bibbó) – Todavía no hay una cifra oficial que permita estimar cuántas personas pasaron este fin de semana por el autódromo Juan Manuel Fangio. Se habló de 20 mil, de 25 mil. Quizás sean más, quizás sean menos. A esta altura, el número parece casi anecdótico.
Lo verdaderamente importante estuvo a la vista de todos: la sierra La Barrosa estuvo tapizada de gente.
El automovilismo nacional volvió a Balcarce después de 15 años y lo hizo como debía hacerlo: con el público. Con ese público que el Fangio siempre supo convocar y que, durante demasiado tiempo, tuvo que conformarse con recordar lo que alguna vez había sido una fiesta habitual.
El sábado, poco después de las 10 de la mañana, el estacionamiento ya estaba colmado. Muchos llegaron temprano, ocuparon su lugar y otros tantos terminaron acercándose caminando. El domingo, la postal se repitió y se multiplicó.
Pero hubo algo más difícil de medir que la cantidad de personas: la emoción.
Era emocionante observar a quienes llegaban al Fangio con sus heladeras, sus reposeras, sus mesas y el infaltable asado. Familias enteras preparadas para pasar el día. Grupos de amigos que seguramente habían vivido otras épocas del Turismo Carretera en ese mismo lugar. Y también jóvenes que quizás estaban descubriendo por primera vez lo que significa vivir una carrera nacional en el Juan Manuel Fangio.
Porque el Fangio tiene algo que no se puede explicar solamente con infraestructura, obras o categorías.
Tiene historia.
Tiene memoria.
Tiene una convocatoria propia.
El público no fue solamente a ver autos. Fue a reencontrarse con un lugar que forma parte de la identidad de Balcarce. Fue a revivir sensaciones. A escuchar nuevamente el sonido de los motores en la sierra. A recuperar una parte de esos domingos que durante tantos años parecieron quedar definitivamente en el pasado.
Los estacionamientos desbordados, las largas colas en los puestos de comida y la gente disfrutando de la jornada fueron la fotografía de una ciudad que necesitaba volver a vivir esto.
Y entonces aparece una expresión que durante años utilizamos para hablar del autódromo: aquel «elefante blanco» que parecía dormido.
Este fin de semana, finalmente, despertó.
Después de 15 años, volvió a rugir una categoría nacional en el Juan Manuel Fangio. Y no fue una vuelta silenciosa. Fue con miles de personas sobre la sierra, con una ciudad movilizada y con un público que dejó en claro que el automovilismo sigue teniendo un lugar enorme en el corazón de Balcarce.
Las palabras quizás sean pocas para explicar lo que significó.
Fue una fiesta.
Sin dudas.
Y también fue una demostración. Balcarce demostró que tiene público, que tiene historia, que tiene un escenario único y que está preparada para recibir nuevamente al automovilismo nacional.
Ahora queda el desafío de que esto no sea solamente un regreso.
Que este fin de semana no quede como una postal aislada después de 15 años de espera.
El Fangio volvió a rugir.
Y sería bueno que no vuelva a quedarse en silencio.

